Entre “Carbones y Voltios” Nº 20

September 6, 2014

Sergio Barquero Ramírez  (*)

 

 

Quizás para algunos la presente narración tenga rasgos propios del ámbito de lo fantástico e incluso pinceladas que habitan únicamente en las imágenes del terror. Consecuentemente a razón que el tema del ferrocarril origina variedad de temas y géneros literarios, esta vez algo diferente.


Temas de gran interés donde para algunos va desde la presente actualidad nacional, donde la crítica sana y objetiva colabora sin lugar a dudas en su eventual mejora. También están quienes viajan en el tiempo mediante el estudio de documentos o añosas y desteñidas fotografías. También las fotografías a color y el video con la tecnología nos transportan a imágenes y sonidos de locomotoras y el brillo del reluciente riel, incluso el frescor de la montaña y el río.
Ahora bien, como anotaba en un principio, la percepción de la realidad puede trasmutar al extremo de la total fantasía, siempre y cuando mantenga (en este caso) el tema que nos interesa, como es el ferrocarril.

MALAVENTURA Y FUEGO EN PARAISO (Dedicado a Juan Ignacio Sojo)
Ese domingo en horas de la mañana llegaba a Cartago, otro bus y poco tiempo después la ciudad de Paraíso, propiamente a la casa de Ignacio, visita que realizaba con toda ilusión propio de mis años de adolescencia en ese momento. Dentro de aquella casa acontecían dos elementos que recordaré siempre. Lo primero que observaba era aquella singular artesanal máquina que al girar terminaba produciendo unas exquisitas galletas que siempre fueron la delicia. El otro elemento importante era el tren a escala de Ignacio, cuando se instalaba ocupaba una gran parte de la sala; era en ese momento cuando mi mente también a “escala”, cuando observábamos desde otra perspectiva, éramos parte de aquella increíble pequeña gran aventura del mundo ferrocarrilero. En ese lugar habían Estaciones de tren de varios tamaños, variedad de vagones de carga y pasajeros, incluso para transporte de combustible, puentes, postes y cientos de cosas. Y desde aquellos mandos de control de color azul y una circular perilla en rojo, Ignacio y yo al girar aquel dispositivo se producía la magia, locomotoras a vapor empezaban a moverse, primero en reversa para enganchar los vagones que esperaban un largo viaje (según nosotros) la verdad nos convertíamos en expertos maquinistas por unos minutos. Minutos antes con la ayuda de unas cuantas pequeñas gotas de un líquido depositado en aquellas negras máquinas, empezaban a salir pequeñas volutas de humo. Un pequeño silbato en mi boca y aquella atmósfera estaba completa, imaginábamos gran cantidad de gente subiendo y bajando de aquellos vagones entre gritos, sonrisas, sustos y porque no, una que otra mirada de romance. Todo ese proceso en el piso de la sala luego tenía un segundo escenario.


Minutos después salíamos a caminar en dirección de la vía férrea donde pasaban los “trenes de verdad” y entre anécdotas y sonrisas de juventud llegábamos a la Estación del tren, en ese lugar había un gran movimiento de gentes y trenes. Luego recorríamos aquella ya centenaria vía férrea, siempre teníamos el mismo objetivo; llegar al impresionante puente del Páez. Ya en el sitio contemplábamos extasiados la emblemática estructura, luego de nuestros bolsillos sacábamos unas cuantas monedas, de uno y dos colones, en ese entonces de gran tamaño y grosor, luego de manera cuidadosa las colocábamos en fila en uno de los rieles y a esperar. Pitaba el tren a la distancia, nos escondíamos entre la vegetación. Que sorpresa luego, nuestras monedas habían cambiado de forma; lisas y alargadas, apenas de manera perceptible estaba el rastro de números y letras. Y así pasaba el tiempo, mi primo Ignacio y yo que, aunque uno de Santo Domingo de Heredia y él de Paraíso de Cartago, comprendimos que nuestra niñez creció con el ferrocarril.


Todo fue muy diferente la semana pasada. Situación que espero nunca se vuelva a repetir.
Cuando llegué ese viernes a Paraíso, el paralelismo que observaba ahora en la proximidad de la vía férrea me dio la peculiar sensación que visitaba parte de una ciudad muerta, la verdad todo eso sucedió a todo lo largo y ancho de la vía del ferrocarril cuando se dio el desgraciado cierre de ese importante medio de transporte, incluso pueblos completos desaparecieron, lentamente unos, otros ese proceso fue más inmediato. Todo se acabó.


Por un momento sentí que flotaba y desde esa perspectiva observa la maleza abrazando inexorablemente rieles y durmientes, oscuras y silenciosas bocas de los túneles semejaban la entrada a otra dimensión, también surgían mudos esqueletos de acero que fueron puentes de aquella importante ruta al Atlántico. Abandono total a causa del ser humano cuando la razón es atormentada y dominada por la total ignorancia.


Había avanzado unos pasos en aquellos desolados rieles cuando sucedió lo imprevisto o quizás, el misterioso designio del destino. Al resbalar y no teniendo un punto de apoyo, había caído y perdía el conocimiento al golpearme la cabeza.


Luego otro tiempo y dimensión me introdujeron en un desfile de imágenes de aquella otra realidad que acontecía dentro de mí ser. Entonces las vías del tren parecían cambiar de forma, en medio de una extraña oscuridad, brillaban de una manera particular en el cielo una luna de un extraño color gris rojizo, que creaba un inesperado escenario en todo el perímetro, escenario que parecía salido del lienzo del pintor Salvador Dalí.


Es evidente que el tren no pasaba hace bastantes años. Entonces veo a la distancia lo que me pareció un perro flaco deambulando sobre los rieles, luego dos indigentes de ropa sucia y rota, embrutecidos por las drogas el alcohol, cuyas miradas perdidas parecían estar ausentes de sentimientos y casi de la vida misma.


Bajo el manto de la noche aquella vía férrea ofrecía un paisaje siniestro, casi fantasmal. Era como si las magistrales narraciones de Edgar Allan Poe circundaran entonces ese lugar. Por un momento pensaba en las personas muertas a causa de accidentes del ferrocarril. No sabía en esos apremiantes momentos, lo que el destino me tenía a mostrar. Era como si varias historias de terror “vida-muerte-ferrocarril” se preparaban (sin saberlo) para desfilar ante mi vista.


Seguí avanzando por la vía férrea, flotaba en el ambiente un tremendo fríos cargado de humedad pese que era época de verano, a la distancia apenas miraba las siluetas de las montañas, lejanas y casi sombrías. Tuve el presentimiento que algo pasaría, y efectivamente sucedió.


A lo lejos no observaba alguna luz que escapara presurosa por algún ventanal. La pesadilla pronto se haría presente.


Había observado a a ambos lados de la vía férrea y de improviso al voltear hacia el frente, me pareció observar par de siluetas que rápidamente desparecieron de improviso entre la quieta vegetación, estaba seguro que alguien o “algo” había pasado a escasos seis metros de donde me encontraba.


Por un momento sentía que no quería estar en ese sitio, pero algo me impulsaba a continuar avanzando hacia el puente del Páez.


Me encontraba abstraído en aquellas fantásticas sensaciones cuando sucedió otro cambio, mientras la vía era iluminada por cientos de destellos intermitentes de las luciérnagas, cuando una brisa cálida se hizo presente con algo de intensidad, la vegetación que vestía los paredones empezó a moverse por el viento. La verdad aquello no me gustó.


A la distancia un tren poderoso silbó de manera espantosa, poco después entre una espesa niebla empezó a brillar una fantasmagórica luz que crecía en intensidad, luz semejante a una gran tristeza y esfuerzo constructivo.


De repente y de manera inevitable el ruido semejante una gran orquesta sinfónica en total frenesí de desorden, la ruedas del tren al rozar los rieles eran la causa. Aquel tren se aproximaba cada vez más y más. Traté de correr y fue imposible, el más enérgico terror me tenía paralizado. Un tren venía a la distancia, imposible el tren había cerrado años atrás!


Aún así trate de correr, tropecé y caía de rodillas al tiempo que mis manos se apoyaron en los sucios durmientes. En ese crucial y espeluznante momento sentía como aquel misterioso, prácticamente fantasmal tren había llegado a pocos metros de donde me encontraba. La luz de aquella imposible locomotora crecía en intensidad en medio del desmadre de sonido de ejes al rozar el metal. Y desde aquella total locura de imágenes se escuchó un largo silbido en medio de portentosos chorros de vapor, otro pitazo y queda en el ambiente un eco tétrico más que lúgubre, eco que rebotaba en río y montañas. Mientras buscaba refugio próximo al paredón, aquella máquina incrementó su velocidad en aquel infame escenario.


Ahora la desesperación pasó a otro nivel, la tierra empezó a agrietarse, aquí y allá se resquebrajaba de manera significativa e increíble, del suelo se liberaban muchas sensaciones que aumentaron mi terror. De la tierra surgían lentamente varias figuras blancuzcas casi etéreas, que pese al fuerte viento en ese momento; no intentaban desaparecer. Siluetas empezaron a tomar forma, repentinamente comprendía que eran las almas de todos aquellos que habían trabajado en la construcción del ferrocarril y que por tumba eran los terrenos de la vía del tren. No lograba definir algún rostro de manera concreta, pero comprendía que muchos lejos de su tierra natal, habían terminado sus días, la vida misma, en el ámbito del ferrocarril.
La verdad yo no creo en fantasmas, pero escuchaba voces en idiomas diferentes, chinos, italianos, alemanes, afro caribeños y muchas razas más.


De repente otra increíble y vigorosa escena, esta vez de manera virulenta y en exceso violenta, un incendio brillaba trepidando a la distancia, una vieja edificación de manera inexorable era presa de las llamas, lenguas de fuego en aquella disparatada combustión consumían madera y algo más importante, historia del ferrocarril.


Lentamente mis pasos habían abandonado el Páez, ahora me encontraba ante hechos consecuentemente de naturaleza y causa de un irresponsable. Era destruido parte del patrimonio del ferrocarril. La antigua estación del tren de Paraíso rápidamente era consumida por el fuego.


Volvía a observar aquel fantasmal tren que había surgido de lo imposible, ahora se perdía a la distancia, luego todo se hizo borroso.


Tres días después despertaba en el hospital, según el parte médico estuve inconsciente dos días, unos niños me habían encontrado tirado cerca de lo que fue la Estación del tren en Paraíso

 

_________________________________________________

(*) Sergio Barquero Ramírez, colaborador del grupo Amigos del Tren Orotina e historiador popular.

Please reload

Featured Posts

Manejo de alerta por huracán Otto superó prueba en Orotina y San Mateo

November 25, 2016

1/10
Please reload

Recent Posts
Please reload

Archive
Search By Tags