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  • por Carlos Cárdenas - Pseudónimo: Reducido Borges

Semblanza de Cíncel Häussler - "Ganador del segundo Certamen Luis Ferrero Acosta" (modalid


«Pero arriba, a la izquierda, a través de una ventanita, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba el mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta».

—El Túnel, III, Ernesto Sábato

Cíncel Häussler fue una escultora prominente a mediados del siglo XX. Por veredicto de las voces nadie logra ser profeta en su propia tierra, así que, a pesar de su modesta importancia en las latitudes nortes, nunca tuvo una trascendencia especial que la hiciera compartir lobby con otros que se convertirían en íconos de la época. No habrían cenas elegantes con rapé, no habrían bohemios en cafés parisinos hablando de su obra, no existirían círculos clandestinos que alabasen su labor, no cantaría ningún crooner en sus exposiciones de galería, no existirían soirées con invitación de carácter répondez s'il vous plaît (RSVP) de Dalí, Picasso, Man Ray, o Duchamp, que la esperasen a ella para compartir conceptos y sexo. Nunca llegaría a los intocables.

Cíncel, en algún momento de la II Guerra Mundial, recibiría una carta del catedrático Alfonso Arte, argentino de la provincia de Buenos Aires. Al parecer, por el boom cultural criollo, la política argentina se había empecinado en repatriar a artistas europeos que buscaran una fuga a la guerra, una especie de salvoconducto para recibirlos con abrazos de mamá en Argentina, para revolver a propios y extraños, para escuchar en acentos añejos, con esforzada pronunciación: ¡todos somos argentinos, che! Ese era el sueño. Tras bambalinas, no es un secreto que Buenos Aires se beneficiaba con ser el París latinoamericano: voilà le rêve, suspiraban los bonaerenses. Así corrían los días por allá: unos aprendiendo español, otros desaprendiéndolo y, al final, todos fingiendo el romance con la lengua.

Su natal Düsseldorf había sido objetivo estratégico de guerra, y ya para el 18 de abril de 1945 había sido tomada por la División 97 o División Tridente, maestros estrategas de los Aliados. Ahora, donde una vez existió urbanidad, se erguían expuestas en la calle imponentes esculturas de hueso y ladrillo (¡objet trouvé!: un sueño para Duchamp).

Cíncel, obligada por la condición desfavorable del Tercer Reich, resolvió emprender lo antes posible, luego de dos años emitida la invitación, el viaje a Argentina. Para sorpresa de ella, la modesta fama que la catapultó a este viaje había crecido por la incertidumbre de si seguía viva o no. Ella comprendió que el morbo amamanta las masas, y aceptó de buena manera que se considerara mejor su obra por suponer que ahora era irrepetible. Así, ella empezaría su inmortalidad muy lejos de Europa, en su paso por la Escuela de Arte de Mar del Plata.

De algún detalle extra de Cíncel Häussler no sé más que lo que expresaré acá. Si buscan más detalles importantes de Cíncel pueden ir a alguna biblioteca pública, ver la película de Trapattoni, o ir a la Facultad de Bellas Artes en Argentina que lleva su nombre. Por el internet no se encontrarán con nada más trascendental que fechas, anécdotas, algunas conspiraciones y fotos.

Mi abuelo, Edgar Cárdenas, por la época fue un entusiasta de las artes, con especial afición por la plástica. Admiraba a Max Jiménez y, en algún momento antes de irse al sur, lo conoció a él acá, en Costa Rica. Entablaron amistad y éste lo convenció de que explotara su potencial en Argentina. Su padre, con algún esfuerzo, le costeó el viaje al sur para el estudio de diseño escultórico: ahí fue donde conoció a Cíncel. Por cosas del destino vería la muerte de Jiménez en Buenos Aires el 3 de mayo de 1947, tras duras conversaciones existencialistas que mantuvieron semanas anteriores Cíncel, Jiménez, y él.

Don Edgar, a como lo recuerdo, siempre mantuvo esa chispa, esa forma de mantener a las personas a su alrededor sin importar el tema, esa picardía; tal vez por eso captó la atención de una mujer con varios soles encima, como Cíncel. Me dijo que tuvo un romance con ella, que compartieron varios años, de ahí su historia no oficial. La siguiente, de hecho, yo la sé por boca de él, alguna vez que compartimos una caminata por barrio Roosevelt, en San Pedro.

Mi abuelo llegó a la Argentina para el verano de 1946, con el ascenso de Perón. Cada cinco minutos detuvo la historia para decirme lo bella que era Evita, que ese fue el verdadero milagro argentino. No paraba de hablar de su cabello puro, y todas las veces lo dijo como si Evita fuese muy suya. Comentó que él, por ser de acá, veía a las rubias más extravagantes, diferentes, que tal vez también por eso Cíncel lo pescó a primera vista. Ahora se refería a Cíncel, insistentemente, como la mujer con la sonrisa de miel. Yo lo sentí por mi abuela.

Cíncel llegó a Mar del Plata a finales de 1945. Apenas llegó le ofrecieron una plaza como profesora en la Escuela de Arte, lo que aceptó alegremente; sin embargo, propuso estar de oyente un año para acoplarse al idioma y a la academia. Así, el primer año asistió como oyente a las clases. Se le hizo fácil la vida en Mar del Plata y no extrañó los chalets alemanes: la arquitectura con influencia pintoresquista y del art déco se había encargado de impregnar el aire europeo en la ciudad, dándole el buen augurio de la Biarritz argentina, cosa que no pasó desapercibida entre los adinerados de la época.

Mi abuelo se instaló en una pequeña casa en la calle Montparnasse, ahora calle Almirante Brown, a sólo dos cuadras de Villa Normandy, casa imponente que, por su belleza, se la habían asignado al colosal mito que representaba Cíncel (que se había hecho esperar unos cuantos años en Mar del Plata). La casa le pertenecía a Felix Delor, francés que había construido el recinto como residencia vacacional, por lo que por un generosísimo pago del gobierno éste asintió a entregarla. Y es que así era el modus operandi en el boom: el gobierno se aseguraba de una repartición de artistas por toda la Argentina, les asignaban una especie de pueblo-casa que los recibiría como ídolos y, así, los terminaban haciendo sentir intocables después de estar rotos en su antigua patria. Era darles esa palmadita que no se da y se extraña cuando hace frío. Los enajenaban, ¡che!

Cíncel, en el proceso de aprender español, tuvo que leer para adaptarse. Se encontró maravillada con Roberto Arlt, en una normal simpatía por la sangre alemana. Disfrutaba también de los primeros textos en revistas de Cortázar, y se propuso conocer a Borges luego de leer Ficciones, que resultaba lectura obligatoria desde que se publicó. A este último lo pudo conocer; sin embargo, él no la conoció a ella. Mi abuelo mencionó que fue por negligencia de Cíncel, ya que Borges estuvo anuente a conocer sus obras desde antes de que ella llegara, pero para 1955, momento en que al fin coincidieron en un encuentro, ya su ceguera estaba muy avanzada.

Borges, en ese encuentro, rozó las esculturas de Cíncel hasta llegar a las caricias: lloró desconsolado. Se ha dicho erróneamente que el primer párrafo de "Poema de los dones" lo escribió Borges motivado en la ironía de ser nombrado director de la Biblioteca Nacional y quedar ciego el mismo año:

Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche.

No existe mayor traición a la verdad. Los pocos que estuvieron presentes en el encuentro, entre ellos mi abuelo, dicen que la verdadera motivación fue el contacto de sus manos con la forma, con la mujer. Que eso mismo fue lo que, embelesado, gimoteó a los pocos presentes, mientras que sus ojos de nube trataban de adivinar una mirada directa al rostro de ella. Realmente lo que Borges dijo abatido en ese momento fue:

Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez a Cíncel y la noche.

Mi abuelo recordó que Borges, luego de eso, pidió que lo retiraran de Villa Normandy. No se volverían a encontrar más; la muerte de Cíncel no estaba lejana. Este encuentro ocurrió en el último año que mi abuelo estuvo en Argentina, antes de que partiera de vuelta a Costa Rica.

La primera vez que Cíncel y mi abuelo se vieron fue en el primer año de ambos en la universidad, en una clase de "Introducción metodológica al proceso de realización de un cubo". Los dos se acariciaron con los ojos: ella sutil, suave, con la malicia y categoría de una mujer ya entrada en años; él de una forma más turbada, torpe, enajenada, con el ímpetu grosero de un inexperto. Al terminar la clase, ella, del otro lado del auditorio, le exhaló un par de palabras ininteligibles que lo mantuvieron tibio hasta la próxima semana.

Mi abuelo, al ser un extraño en la ciudad, no sabía cómo lucía Cíncel; aún no se le encarnaba su nombre. Por supuesto que él, viviendo en Mar del Plata, desde su llegada había oído de la artista plástica alemana que creían muerta y que por fin había llegado a tierra argentina: había visto sus trabajos, había leído las reseñas al respecto, pero no más que eso. Me confesó que no le llamaron especialmente la atención las esculturas que había observado de ella.

Para la siguiente semana la ansiedad lo punzaba, sentía intensa la angustia del tiempo. Como era su costumbre, llegó impuntual. Entró ocho minutos después del inicio de la clase; no se enteró que estaban analizando una obra de Cíncel. Al entrar la vio. Se sentó más cerca de ella. Mi abuelo a los minutos hizo alguna acotación que pareció estúpida (como todos los comentarios sinceros sobre una pieza de arte) dejando al auditorio en ese silencio asfixiante que comprime y estruja el espacio. Todos, que sabían de la presencia de ella, la voltearon a ver para saber qué opinión merecía lo dicho. Mi abuelo empezó a comprender lo que pasaba. Por su parte, ella también comprendió. Instinto. La naturaleza nos delata como especie, su deseo explotó. Se quedó callada y lo miró. Ardía. Asintió y reconoció cierta verdad en lo dicho por él. Lo sintió como un igual. Un hombre que busca la textura, uno que cela lo real. Ella no quería ser adulada, de hecho, estaba cansada de tanto panegírico hacia su persona, hacia su obra, hacia su estatua en el centro de la plaza de Mar del Plata. Se sintió viva, sus pies volvieron a ser de barro, volvía a sentir el dulce flagelo.

El profesor acribilló un par de veces con los ojos a mi abuelo y, seguidamente, incómodo, se declaró con algún malestar que le iba imposibilitar seguir con la lección. En la salida mi abuelo, un poco intimidado, salió con zancadas largas, tratando de ignorar el cotilleo entre los compañeros que lo juzgaban. Al final de los escalones estaba ella esperándolo: final del juego. Mi abuelo en esta parte de la historia trastabilla un poco sobre los hechos exactos, no sé si por algún respeto o por olvido, pero sabe que, luego de pasar por Café Bolívar, terminó la noche en Villa Normandy.

Estuvieron juntos unos seis años, lo que le dio un nombre a mi abuelo en Mar del Plata. Sin embargo, como era de esperar, muchos ojos martillo, muchas lenguas clavo, y muchas manos bastardas lo crucificaron de ser un pésimo artista que lograba reconocimiento únicamente por Cíncel. Cuando él me contó esta parte de la historia sentí una verdadera hondura en su voz, y sus ojos rápidamente fueron presagio de un temporal. Entendí entonces el porqué de su recelo al tema de Cíncel y sus años de escultor.

Para él, tal vez, Cíncel fue solamente la cruz sin una promesa divina proferida. Tal vez nunca pudo darle vida a su mano de taladro y siempre estuvo esperando su verdadero primer golpe. Tal vez, sólo tal vez, desistió a ser la pieza inerte de todos los demás esculpiéndolo a ritmo de Cíncel. Tal vez, digo, lo mutilaron. Mi viejo, Edgar, se volvió frágil como yeso y se desmoronó. Les digo que mi viejo se desmoronó. Le di un poco de tiempo hasta que se reincorporó y sacó una sonrisa encharcada de nostalgia. Contrario a lo que creía, no sentía rencor por ella. Todo él fue empatía. Continuó contándome qué pasó con Cíncel.

En ese tiempo que pasaron juntos, él escuchó en repetidas ocasiones el repudio que ella sentía a la adulación muda, a la masa tibia, al aliento gastado de café que trata de simpatizar. Ella ya no se sentía más como una artista, sentía que había perdido su rumbo, que ya no hacía algo trascendental o genuino para ella. Había perdido inspiración, pero se sentía obligada a crear cosas porque detestaba más la falsa ansiedad de sus colegas. Al final, hiciere lo que hiciere, iba a recibir palmadas, lobby y ceguera. Comprendí que mi abuelo nunca culpó a Cíncel de su frustración, sino que antes de partir de la Argentina él ya se había percatado de que los dos vivían infiernos igual de fríos pero diametralmente opuestos: la fama que asfixia no es diferente a la indiferencia que olvida, al final las dos son muertes solitarias. Ambos estaban maniatados en vida.

Esto, consecuentemente, llevó a la ruptura del lazo entre ambos; sin embargo, continuaron siendo cercanos unos años más: como compañía que sigue junta por inercia más que por voluntad, por necesidad más que por compañía, por linchamiento más que por comprensión.

Hasta aquí Edgar logró contarme. Ya la brisa nocturna afectaba su tos por el cáncer de pulmón, también se quejaba porque no quedaban de sus Derby en la cigarrera, así que accedí a volver a casa. Creí que tendríamos más tiempo para que me detallara esos años, pero fallé. Amaneció hace cuatro días sin vida. En el funeral me he preguntado por qué no insistí más para poder escucharlo luego de esa tarde, pero entonces recuerdo verlo destrozado y entiendo que el fracasado no merece revisitar su olvido. Aun así, en estos días posteriores a la muerte de abuelo, he revisado algunos archivos sobre Cíncel Häussler.

Mi abuelo partió de Argentina a finales de 1955, con el exilio de Perón, mientras que Cíncel murió el 24 de octubre de 1956. Nunca voy a saber si abuelo ignoró su muerte o simplemente no me quiso hablar de ella. Los documentos que he leído tratan de cómo concluyó la vida y carrera de Cíncel. Hablan del encuentro con Borges; sin embargo, con cierta solemnidad y cortesía que, sabía de primera mano, Cíncel no tuvo con él. Sonreí. Edgar realmente estuvo presente. Sospecho que fueron de los últimos días que él estuvo en Argentina. Los documentos dicen que Cíncel en 1956 siguió dando clases de forma regular como catedrática en la Escuela de Arte de Mar del Plata. Se reporta que a partir del primer semestre de 1955 empezó a tener, de manera gradual, comportamientos irregulares a la hora de impartir lecciones. También se comenta que a principios de 1956 mostró en un salón 14 esculturas nuevas en las que había trabajado, que eran totalmente diferentes a lo que había realizado anteriormente en su carrera artística, generando una ola de comentarios por su nuevo arte minimal (así encontrado en titular de El Clarín). Al parecer a Cíncel no le satisfizo la buena prensa que recibió, ya que consideró que ninguno de esos críticos entendía su mensaje y la celebraban por ningún motivo.

Lo último que se relata de Cíncel Häussler es que estuvo impartiendo su lección en una tarde calurosa. Estaba exponiendo una de sus obras recién develadas y alabadas. Al terminar la clase, y mientras se desalojaba el auditorio, entró una conserje encargada de limpieza. Nunca se sabrá si en broma o muy en serio, pero le preguntó a Cíncel en voz alta:

—Y bueno, missis, ¿esto es arte o lo barro?

En ese momento Cíncel sonrió para sí misma. Lo que quedaba de auditorio se pasmó atónito. Más adelante, por esas últimas obras presentadas, la considerarían la primera conceptualista latinoamericana (pero yo acá ya sospecho de Edgar). Un mito conlleva una historia probable y, presiento, mi abuelo al morir le dio vida a lo incierto.

Mar del Plata hacía gala de su nombre la tarde que Cíncel Häussler partió. Los reportes relatan que al atardecer Cíncel se fue a la costa. Imagino, según detallan estos, que ese día la marea calma brillaba en incontables hilos de plata que se tejían y deshacían por la brisa seca con el sol. Que, a lo lejos, el atardecer incendiario hacía parecer las naves como sombreritos de lata hirviendo que surcaban la gran sábana de diamantes. Los bañistas, finalmente, narraron que la vieron adentrarse en el mar luego de que lo contemplara inmóvil por unos minutos; que cogió sus tacones, se los puso al hombro y caminó; que caminó directo hacia él hasta que sus cabellos de oro se hicieron uno con los ribetes de plata ondulados; que caminó sola, inmersa en él, sin dar ni un solo paso de puntillas; que lo hizo, en gracia, hasta que desapareció siendo un destello más en ese infinito mar de luces remansado que se mecía entregado al suave aire de desierto.

Cíncel, mientras se adentraba, seguro recordó también los pájaros de lata, esos que hicieron arder con el mismo fulgor naranja a Düsseldorf, y quiso, al fin, poder descansar en casa.

Sueño de Navidad

«Lieutenant Lothar Zogg: Hey, where’d Major Kong go?»

—Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb

Mi nombre es Jeff Christi. Soy de Wichita, Kansas. Nací en 1974 en el seno de una familia como Dios ordena. Papá fue mecánico en la calle Hoover y mamá maestra en la escuela católica más cercana. Cuando tenía cinco años papá me dio para Navidad uno de los mejores regalos que me han obsequiado. Papá sabía que soñaba con ser piloto, así que me regaló un mapa detallado del Medio Oriente. En el momento no entendí la importancia del regalo, pero él me prometió que algún día lo haría. Fue muy comprensivo conmigo.

Ahora estoy listo para mi entrada triunfal. Sobrevuelo Kabul. Pongo Ritt der Walküren de Wagner y realizo los protocolos finales. Le comunico a estación de mando que dejaré de utilizar el radar geográfico por unos minutos. Me replican en negativa. Respondo que conozco el terreno como la palma de mi mano. En secreto saco el mapa que me regaló papá, lo acaricio con mis yemas, presiono el botón de las cargas, marco la equis de impacto y me retiro. De vuelta a base la memoria de papá me hace lagrimear mucho. Después de tantos años lo he honrado.

¿Un bus?

por Carlos Cárdenas

«Nadie sabe mejor que tú, sabio Kublai, que no se debe confundir nunca la ciudad con las palabras que la describen. Y sin embargo, entre la una y las otras hay una relación […] La mentira no está en las palabras, está en las cosas.»

Extracto de « Las ciudades y los signos», contenido en Las ciudades invisibles.

—Italo Calvino

Se abre el telón.

Me encuentro en un bus. La tarde de lluvia me invita a pensar en cómo las cosas nos obligan inconscientemente: veo como el aguacero va obligando al paraguas, a las botas, al refugio y al comedir en la vestimenta. Inmediatamente muta la idea y salto a pensar que si un bus no tuviese asientos tal vez nadie percibiría la necesidad de sentarse, es decir, la existencia del objeto no invita, sino que obliga a su uso asignado (advertencia: no así su inexistencia; la falta de propiedad conceptual puede crear, o no, su necesidad o dependencia). Inclusive, si este pintoresco caso fuese la norma, la gente vería lo positivo en su actuar involuntario, y le encontrarían mil y un contras a establecer una política de posaderos para glúteos en un bus. Me invade una risa extraña mientras comienzo a divagar en lo caprichoso que es el accionar humano.

Si este ejemplo del bus sin asientos fuese real, nos encontraríamos ante una campaña social que enumeraría casos sobre cómo es más eficiente el uso del transporte sin éstos porque dejaría más espacio para cargar individuos, obligando, así, a usar menos flotillas que contaminen el ambiente. Se enumerarían razones de cómo esto es un modo de vida fitness, evitando el sedentarismo colectivo de viajar sentados en miles de latas que trazan rutas en el pavimento de las ciudades. Se enumerarían datos de cómo el Estado a través de los años se ha ahorrado bazillones por no comprar misceláneos o pichuleos necesarios para el asiento, como lo serían tornillos, arandelas y tuercas. Se enumerarían proyecciones de cómo el ser humano necesita más contacto visual interpersonal en épocas de depresión social, a contrario sensu de ir sentado viendo, como en un auditorio, una obra común para todos; un mismo foro deduciendo cosas parecidas del mismo escenario que ven día con día por la ventana, a la misma hora, con el mismo ánimo y con las mismas personas: el patrón conglobante y homogenizador (o, si se quiere, conciliante). En fin, los oficialistas proclamarían que la inexistencia de asientos en el transporte público ha logrado mantener en algún y pico de por ciento positivo el engranaje social.

—«¡Atención, atención!» —irrumpirá un adepto epistemológico, favorecedor de lo relativo y subjetivo del receptor de estímulos—. Cada ser percibe la realidad según un proceso uniquísimo de acciones y emociones con infinidad de variantes que conforman el entramado que llamamos vida. Además, no sabemos, ni usted me puede asegurar, cómo sería la realidad si utilizáramos asientos en el transporte público. ¿Qué certeza tiene el transportado de sentirse más humano por ver a otros a los ojos? Y, ¿qué asegura que no pase lo contrario y que lo significante de verse a los ojos ya no resulte tan significante, o, por lo menos, no más que ver por la ventana? Me parece que tener asientos en el bus y mirar entre cristales no resulta perjudicial o alienante.

—No venga a timarnos —dirá antagónico el dirigente defensor de mi ficción sin asientos—. Ver el mismo paisaje todos los días no desencadena en ningún disfrute (supongamos que la utopía relajante de escenario sea entre edificios, cañerías con pelos, smoke & fog y palomas). Las deducciones de los individuos en el auditorio que van a una misma zona de trabajo, que llegan a la misma hora a sus casas para cenar, que aman la televisión-realidad, que usan un mismo teléfono, que oyen la misma pitoreta de tren, que observan la misma clase de carros citadinos, que se dejan invadir por las mismas vallas publicitarias... En fin, las deducciones de estos individuos de contextos comunes no pueden distar mucho entre sí; es un mosaico blanco y negro al mejor estilo de los baby boomers; es lo monocromático; es la estadística del comportamiento humano: todos deducirán cosas parecidas del paisaje que ven día con día, de esa pinacoteca que se aglutina en la memoria colectiva. Reciben los mismos estímulos que, a la larga, resultan en un parámetro o espectro tan corto de opciones que se perciben como homogenizantes a gran escala: las pequeñas diferencias deductivas resultarán nimias, porque, al fin y al cabo, ya estaban presupuestadas por los creadores del escenario.

—No me ha contestado la pregunta —replicará ansioso—. ¿No resultaría igual de repetitivo el estar viendo a seres humanos que están inmersos en un mismo contexto? ¿La política vigente de Transporte Público Libre de Asientos (TPLA entre los entendidos) no recae simplistamente en sustituir la fachada del escenario que verá el auditorio? ¿Cuál sería la diferencia trascendental de cambiar el escenario orgánico por uno inorgánico o mixto? ¡No cambia nada en el fondo, sólo la forma!

— ¡Porque lo orgánico entre sí interacciona con un sinfín de variables, inclusive esa es la clave de su relativismo!

—Exacto, yo no le veo diferencia a que el transportado orgánico vaya en un asiento. Lo orgánico puede interactuar con lo inorgánico. Vea usted la reacción primitiva del humano ante la pintura... ¡Inclusive la reacción de las plantas con respecto a la música! ¿Acaso el arte no sugiere diferentes reacciones ante el corpus orgánico?

—Entiendo, aunque creo que el arte es un caso sui generis donde lo inorgánico adquiere propiedades cuasi-orgánicas; adquiere vida propia en la interpretación continua, en el apropiamiento: una simbiosis para que los dos cuerpos vivan, una relación de existencia. Aun así, simplemente me parece que lo orgánico es más voraz frente a otro ente orgánico: un computador nunca podría predecir el número de variables frente a dos cuerpos venidos del azar. Lo orgánico es el cuerpo que está con disposición o aptitud para vivir, por eso la importancia de que, cuando se esté viajando en un transporte público, se trate de enganchar miradas a cosas también vivas, a cosas que respondan a lo externo en función del emisor, a cosas más impredecibles. El ser vivo —continúa— en su estado natural frente a otro semejante está ligado al azar de sus actos, a la sorpresa, al error, al margen insospechable del «¿qué hará ahora?, ¿cómo está percibiendo mi estímulo y qué hará al respecto?, ¿quién es y qué ha pasado en su vida?, ¿habrá asesinado hormigas?, ¿entenderá mis razones?» Por eso lo inmoralísimo y contraproducente de establecer una política de colocación de asientos en el bus.

—¿Ahora esto versa sobre axiología? ¿Sobre política de lo moral e inmoral?

—¿El arte no es política y moral? Toda decisión humana está condenada a la ética, ya sea para actuar dentro o fuera de ella, pero en cualquiera de los dos casos se le da el estatus de existente.

—Una existencia dentro de la subjetividad de cada individuo.

—Claro... El truco es escoger el bando.

—Pero entonces, ¿está usted de acuerdo con la subjetividad de cada ser? Por tanto, no veo el porqué de no poner asientos en el transporte público. Alguien reaccionará ante el edificio gris, alguien se maravillará con la gente paliducha que ronde las aceras, alguien debe de sentir asombro por la bestia de humo que engendra la ciudad... Recuerde: ¡el sinfín de variables que usted mismo me está diciendo!

—Estoy de acuerdo con la subjetividad que posee cada receptor de estímulos —afirmará buscando conciliación con el relativista—; sin embargo, el roce pobre y repetitivo de estímulos como lo sería ir en estos asientos viendo el escenario propuesto solamente generaría al poco tiempo una desensibilización del auditorio frente al escenario. Los edificios, el smog, o el paisaje de una ruta no va a hablarle a uno distinto después de recorrerlo siete veces. Más aún si se viene de la rutina de trabajo, a la misma hora, con los mismos pensamientos, con las mismas metas de hace diez años, con el mismo cansancio; la relación de lo orgánico con el mismo objeto inorgánico se desgasta rápidamente. Por eso vivimos en una sociedad donde el materialismo nos raptó, donde el consumir ya no nos mantiene calmos, donde todo resulta efímero, donde nada nos satisface por largo tiempo, donde crepitamos ansiosos y con furia por inhalar de nuevo la rayita de novedad que nos ofrezcan. Estamos transmutando esta insatisfacción de lo mundano y material a lo trascendental, a lo que importa; por eso me opongo fervientemente a los asientos en un bus: sería dar un paso más hacia el abismo sin que nos demos cuenta. El problema de esa relación de desgaste es que nos sosiega en una zona de confort donde sentimos que nada vale la pena, pero, al fin, estamos tan aletargados que preferimos soñar gris.

—Suena a esoterismo.

—Si usted visita un río que existe desde hace eónes encontrará que siempre trae consigo algo nuevo, que usted siempre interacciona, por varios factores, de una manera distinta ante él. Tiene su cuota de misticismo pero, si rumiamos la idea, ¿cómo un objeto, aparentemente invariable, logra tal sensación?, ¿qué carajos sabemos nosotros de la propiedad fenoménica de la vida?

—Poco, sólo utilizamos la ciencia para explicar descriptivamente los procesos de ésta. La ciencia existe porque no hay verdad que no esté allá afuera ya mostrándosenos. Proponemos certezas que nos lleven más cerca de las verdades que no sabemos leer aún.

—Exacto, la ciencia fluctúa entre certezas versus verdad, pero trazar el punto arquimédico en la búsqueda sólo nos llevaría al esencialismo, al trilema de Münchhausen, por lo que optamos por aceptar que todo lo demostrable son hipótesis falsables. Ahora bien, sin los asientos nos aseguramos de preservar que el auditorio pueda tener esa contingencia del río, ese margen de error humano, que en uno de esos diez recorridos se pueda encontrar una cara irreconocible, que se pueda encontrar curiosa la sudoración excesiva en la camisa de algún ejecutivo, o que uno se vaya a encontrar a una persona que lo obsesione durante un par de semanas antes de que lo devuelvan solo a casa. Ya todos somos auditorio, pero ¿qué tal si somos constantemente escenario? Sería triste asignarle toda la carga de escenario a la creación material humana, a la urbanística, a lo preconcebido, porque está hecha por el humano, para el humano. Fue creada para que respondamos con pocas posibilidades ante su perpetua rigidez: tal vez las primeras veces dé algún asombro, luego perderá su capacidad y vendrá la náusea de Sartre sobre las cosas. En cambio, si dirigimos el escenario a lo natural, a todo lo que no es invención o artificio del hombre, veremos cómo ser auditorio resulta dinámico, y podremos encontrar más fácil la fascinación. El humano se fascina con lo que no comprende a cabalidad, y todo lo que creamos ha sido comprendido. Sin embargo, no podemos comprender el porqué del silbo del viento en las casuarinas, el porqué de las mareas reverberando los rayos de sol, el porqué del perro huyendo de la lluvia, o el porqué del aroma de jazmín y madreselva. Es decir, los comprendemos, y la ciencia día a día encuentra explicaciones más satisfactorias, pero es tan complejo lo que implica el paisaje con todas sus correlaciones (gravedad, segunda ley termodinámica, radiación, el agua que vino en los condritos y formó los océanos, presión atmosférica, procesos vulcanológicos, fosas abisales reproduciendo vida, selección natural, abejas, instinto, etcétera de fenómenos que explican lo natural, lo que no fue truqueado por el hombre) que resulta conmovedor a primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta, séptima [...] vista. La sublimación en “Der Wanderer über dem Nebelmeer” de Friedrich no es gratis. Esa contemplación de lo orgánico es lo que hace, al final de la vida, que valga algo la existencia.

— Siete días nunca han bastado para explicar la vida. Al final, yo creo en los híbridos, por tanto, no sé cómo los asientos signifiquen excluir la interacción orgánica-orgánica, simplemente estaríamos agregando la variable de orgánica-inorgánica. ¡Yo no estoy prohibiendo el que se puedan ver las personas mientras estén sentadas!

—¿Es que acaso ya no hay suficiente interacción orgánica-inorgánica como para permitir ese paso tan peligroso al anonimato? No seamos ingenuos, es más fácil sostener la mirada perdida ante un cristal que estar constantemente obligado a la empatía. Nuestra discrepancia es dónde debemos de colocar la barrera, dónde debemos obligarnos a ser humanos, demasiado humanos.

—Entiendo... Política y moral.

Entonces, entre mi disquisición torpe, mientras imaginaba el bando al que me adscribiría, empecé a imaginar a estos dos grupos enfrentados en macro-marchas nacionales… ¡Sería un problema que tocaría las fibras más sensibles de la sociedad! Empecé a imaginar cómo lucirían, qué blasones portarían para sus causas, qué sindicatos se afiliarían a cada causa, qué mensajes pondrían en sus pancartas: «No al asiento público», «Aleeerta: Planeta Tierra en riesgo, unido el Movimiento Verde», «¡No a la alienación cultural!», esto por un lado. Por el otro: «¡La comodidad se puede dar con interacción! ¿O para el sexo no tenemos colchón? – Sí a los asientos en los colectivos», o «No al acoso de mi intimidad corporal». Hasta existirían coaliciones nunca antes vistas, coaliciones antagónicas, como arquitectos y publicistas con pancartas de tipo: «¡Basta de nuestra invisibilización, no más prohibición!». El segundo amanecer de las olvidadas vallas publicitarias.

Entre tanto que seguía divagando en la quimera creada, vi a Calcuta, la madre de, según mis observaciones, dos ratas. Ella estaba postrada, como todos los días, en la calzada del frente de mi casa (metamorfosis de lo orgánico a lo inorgánico por la frecuencia —pensé, ahora sí, emocionado—). Ella ya formaba parte del paisaje; siempre me daba la seña visual para solicitar parada, pétrea como algún edificio brutalista.

Entonces extendí mi brazo, jalé el mecate, sonó el timbre, el bus se empezó a detener, me levanté de mi asiento, incomodé a la mujer de mi lado, le pedí disculpas, no me escuchó por sus audífonos, le gesticulé con mi boca, se los quitó desinteresada, me disculpé de nuevo, me hizo un ademán con el corazón, me acomodé en el pasillo, caminé entre el auditorio, el bus hizo alto completo, bajé por las gradas y, por fin, me encontré de vuelta en el escenario.

Todo estaba montado como ayer; yo estaba listo para cenar a las siete en punto, ver T.V y quedarme dormido de aburrimiento. Debí de reflexionar sobre lo imaginado pero no hubo tiempo, estaba muy cansado para ello y mañana tomo el bus muy temprano para conseguir asiento. Pero algunas noches sí me pregunto si Calcuta estará muerta.

Se cierra el telón.

#Cuento #Birlocha #LuisFerreroAcosta

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